.:.
… la verdad es la verdad tanto si alguien cree en ella como si no.
Hay que tener un gran coraje para vivir de acuerdo con la verdad.
.:.
Todo el mundo pensaba que una joven llamada Sela era la última pero, justo cuando Siddhartha daba por concluida la tarea, surgió de la audiencia otra mujer que, poco a poco, se abrió paso hasta el estrado. Era Yasodhara. Vestía un sari color marfil, simple y ligero como la fresca brisa de la mañana. La princesa se inclinó ante el rey y la reina. Siempre elegante y natural, se acercó a Siddhartha, sonrió y preguntó: «¿Tienes, Alteza, algo para mí?».
Siddhartha miró a Yasodhara y, después, confusamente, a los escasos ornamentos que quedaban. Parecía nervioso —no había sobre la mesa nada digno de la belleza de la princesa—. De pronto, sonrió. Se quitó el collar de su cuello y se lo mostró a Yasodhara. «Este es mi regalo para ti, princesa».
Yasodhara sacudió la cabeza. «He venido para honrarte. ¿Cómo puedo aceptar tu propio collar?».
Siddhartha respondió: «Mi madre, la reina Gotami, dice a menudo que estoy mejor sin joyas. Por favor, princesa, acepta este obsequio».
Tras indicarle a Yasodhara que se acercara, puso las resplandecientes cuentas alrededor de su cuello. Los invitados aplaudieron estruendosamente; parecía que sus vítores no iban a cesar jamás. Y se pusieron de pie para expresar su jubilosa aprobación.
Hay que tener un gran coraje para vivir de acuerdo con la verdad.
.:.
Todo el mundo pensaba que una joven llamada Sela era la última pero, justo cuando Siddhartha daba por concluida la tarea, surgió de la audiencia otra mujer que, poco a poco, se abrió paso hasta el estrado. Era Yasodhara. Vestía un sari color marfil, simple y ligero como la fresca brisa de la mañana. La princesa se inclinó ante el rey y la reina. Siempre elegante y natural, se acercó a Siddhartha, sonrió y preguntó: «¿Tienes, Alteza, algo para mí?».
Siddhartha miró a Yasodhara y, después, confusamente, a los escasos ornamentos que quedaban. Parecía nervioso —no había sobre la mesa nada digno de la belleza de la princesa—. De pronto, sonrió. Se quitó el collar de su cuello y se lo mostró a Yasodhara. «Este es mi regalo para ti, princesa».
Yasodhara sacudió la cabeza. «He venido para honrarte. ¿Cómo puedo aceptar tu propio collar?».
Siddhartha respondió: «Mi madre, la reina Gotami, dice a menudo que estoy mejor sin joyas. Por favor, princesa, acepta este obsequio».
Tras indicarle a Yasodhara que se acercara, puso las resplandecientes cuentas alrededor de su cuello. Los invitados aplaudieron estruendosamente; parecía que sus vítores no iban a cesar jamás. Y se pusieron de pie para expresar su jubilosa aprobación.